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Solo el 12% de los españoles transforma la preocupación climática en hábitos sostenibles

La preocupación climática intensa en España cae del 67% al 42% en seis años y los jóvenes lideran el retroceso
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Solo el 42% de los españoles considera el cambio climático un gran problema y declara estar muy preocupado, frente al 67% de 2019. La caída más acusada se registra entre los jóvenes. El estudio que recoge estos datos señala que el problema no es la indiferencia, sino el agotamiento: la alarma climática sin salidas claras se convierte en cansancio e impotencia.

25 puntos menos en seis años

La séptima edición del estudio anual sobre consumo sostenible y productos certificados, elaborado por la plataforma ClicKoala y el Grupo de Investigación en Psicología Ambiental de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), ofrece el diagnóstico más detallado disponible sobre la evolución de la preocupación climática en España desde 2019.

El dato principal es contundente: si en 2019 el 67% de los españoles consideraba el cambio climático un gran problema y declaraba estar muy preocupado, en 2026 esa proporción ha caído al 42%. La preocupación en cualquier grado sigue siendo mayoritaria —el 77,5% declara algún tipo de inquietud—, pero el descenso de 25 puntos porcentuales en la preocupación intensa es una señal de cambio estructural en la percepción social del problema.

En paralelo, el porcentaje de españoles que define vivir de forma sostenible como parte de su estilo de vida ha bajado del 40% al 30% en el mismo periodo.

Los jóvenes, el perfil con mayor caída

El grupo que más ha variado su posición es el de los jóvenes, que en 2019 figuraban entre los más preocupados. Los hombres de 16 a 24 años pasan del 68% al 27,2% en preocupación intensa; las mujeres del mismo tramo de edad, del 73,9% al 35,2%. La caída supera en ambos casos los 35 puntos porcentuales en seis años.

En el extremo opuesto, las personas mayores de 65 años muestran mayor resistencia al cambio. Los hombres de ese grupo pasan del 60,7% al 48,4% y las mujeres del 58,3% al 59,7%, prácticamente sin variación en el caso femenino.

El descenso no se limita al cambio climático como concepto general. La preocupación muy alta por el exceso de plásticos cae 19 puntos, por la pérdida de biodiversidad 21 puntos y por la contaminación urbana otros 21 puntos.

Fatiga, no indiferencia

Xavier Moraño, director de la investigación, descarta que el dato refleje indiferencia hacia el problema. Su diagnóstico apunta a un mecanismo diferente: “Cuando se repite la alarma climática sin mostrar salidas claras, comprensibles y alcanzables, corre el riesgo de convertirse en cansancio, distancia o impotencia”.

El estudio identifica tres respuestas diferenciadas ante la preocupación climática. Solo el 12% de la población transforma esa preocupación en acción con hábitos más sostenibles. Un 20% queda instalado en el bloqueo: reconoce el problema pero no actúa. El resto permanece fuera de la ansiedad climática activa: la sostenibilidad no desaparece de su radar, pero pierde centralidad frente a otras prioridades.

La conclusión del equipo investigador es que el principal desafío ya no es recordar el problema sino “mostrar que actuar todavía tiene sentido”.

Los hábitos que resisten

Pese al descenso en la preocupación declarada, algunos comportamientos sostenibles mantienen una penetración relevante. El 63% de los españoles dona, regala o vende lo que no usa, y el 58% separa habitualmente la basura para reciclar. El 48% declara sentirse orgulloso cuando realiza una compra que cuida el medioambiente y respeta al productor, frente al 22% que siente culpa cuando compra algo contrario a sus valores.

El estudio subraya que la sostenibilidad “funciona mejor cuando conecta con el orgullo, la utilidad y la coherencia personal que cuando se apoya únicamente en la culpa o la obligación”. Para que el ciudadano actúe, necesita sentir que lo que hace es posible, valioso y con impacto real.

El contexto como variable

El informe incorpora también una consulta a 145 expertos en sostenibilidad, cuyas respuestas refuerzan una de sus conclusiones centrales: el consumo sostenible avanzará si el contexto lo facilita, pero ese mismo contexto puede jugar en contra. Las crisis económicas y geopolíticas —pandemias, crisis energéticas, inflación— encarecen los productos sostenibles, reducen su disponibilidad y alteran las prioridades de compra, desplazando la sostenibilidad por necesidades más inmediatas.

El dato tiene implicaciones directas para las empresas con estrategias de sostenibilidad orientadas al consumidor final: la comunicación climática basada en la alarma pierde efectividad, y los mensajes que conectan la acción sostenible con beneficios personales concretos —ahorro, salud, orgullo, coherencia— tienen mayor capacidad de movilizar comportamiento real.


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