La evaluación científica del ozono de 2026, cuyos resultados preliminares se presentarán a final de año, muestra una recuperación clara en la alta estratosfera entre 2000 y 2024 y en prácticamente todas las latitudes. Sin embargo, los expertos advierten de que la capa de ozono todavía no está recuperada y que el proceso completo llevará más décadas.
Qué dicen los datos de 2026
La cantidad total de ozono sigue estando aproximadamente un 2% por debajo de los niveles históricos para el promedio entre 60°S y 60°N, con diferencias regionales importantes. En la alta estratosfera la señal de recuperación es clara; en la baja estratosfera, más compleja y menos definitiva.
Las proyecciones apuntan a que el promedio global podría volver a los niveles de 1980 hacia 2040, es decir, en unos 15 años. En la Antártida, donde el llamado agujero de ozono fue el detonador de la alarma internacional en los años ochenta, la recuperación completa no se espera hasta la década de 2060. La razón es química: los clorofluorocarbonos (CFC) permanecen en la atmósfera durante varias décadas después de ser emitidos. Un problema que se desarrolló en pocas décadas necesitará gran parte de este siglo para revertirse.
Por qué el Protocolo de Montreal es el modelo de referencia
Firmado en 1987 con 46 países y ratificado posteriormente por 197, el Protocolo de Montreal es hoy el único tratado ambiental de aplicación universal. Su mandato central fue la eliminación progresiva de los CFC y otras sustancias agotadoras del ozono utilizadas en aerosoles, refrigeración y productos industriales.
La comunidad científica subraya que el balance del tratado es “muy significativo” y va más allá de la capa de ozono: los CFC también son potentes gases de efecto invernadero. Los resultados preliminares de la evaluación 2026 estiman que las medidas adoptadas podrían haber evitado entre 0,25 y 0,9 °C de calentamiento adicional hacia 2050, un efecto climático indirecto de gran magnitud que raramente se contabiliza en el balance del protocolo.
La Enmienda de Kigali cierra el círculo
La sustitución de los CFC por hidrofluorocarbonos (HFC) resolvió el problema del ozono pero creó uno nuevo: los HFC no destruyen el ozono, pero son potentes gases de efecto invernadero. La Enmienda de Kigali, firmada en 2016, aborda esa brecha estableciendo la reducción progresiva de los HFC.
Su efecto esperado es relevante: el cumplimiento de Kigali puede evitar aproximadamente 0,05-0,06 °C de calentamiento adicional hacia 2050 y hasta 0,4 °C a finales de siglo. Diez años después de Kigali, el Día Mundial del Ozono de 2026 pone especialmente de relieve que proteger la capa de ozono y proteger el clima son objetivos distintos, pero estrechamente relacionados.
El reto que queda
La recuperación no está garantizada de forma automática. En algunas regiones siguen detectándose emisiones ilegales de sustancias prohibidas, lo que exige reforzar la vigilancia y el cumplimiento. Y a medida que la influencia de los CFC disminuya, el futuro de la capa de ozono dependerá cada vez más del propio cambio climático: el calentamiento modifica la circulación atmosférica que transporta el ozono desde los trópicos hacia las latitudes medias y polares, con efectos que los modelos actuales todavía no predicen con precisión.
La historia del ozono demuestra que los sistemas internacionales de cooperación pueden funcionar cuando existe consenso científico, voluntad política y mecanismos de seguimiento verificables. Es el argumento más sólido a favor de aplicar el mismo modelo a la crisis climática.
