En el Día Mundial de los Océanos, el diagnóstico científico es inequívoco: los mares regulan el clima, sostienen la biodiversidad y alimentan a más de mil millones de personas, pero la presión humana supera su capacidad de regeneración. El lema de 2026, Reimagina, apunta a convertir a la humanidad de beneficiaria en guardiana del sistema marino.
Un sistema vital bajo presión sin precedentes
El océano cubre más del 70% del planeta, genera al menos el 50% del oxígeno atmosférico, absorbe una parte significativa del CO₂ emitido por la actividad humana y regula la temperatura global. Es también la base alimentaria de más de mil millones de personas y un motor económico con proyecciones de 40 millones de empleos vinculados al sector marino para 2030.
El balance actual, sin embargo, es preocupante. Según datos de organismos de Naciones Unidas, el 90% de las grandes especies de peces está mermado y el 50% de los arrecifes de coral ha sido destruido. La conclusión es directa: se extrae más del océano de lo que puede regenerarse. El llamado de este Día Mundial de los Océanos es restaurar su vitalidad, no solo frenar su deterioro.
El Día Mundial de los Océanos se celebra cada 8 de junio desde que la iniciativa surgió en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992, impulsada por Canadá. No obtuvo reconocimiento oficial de la Asamblea General de Naciones Unidas hasta 2008.
El Mar Patagónico: regulador climático bajo presión
En el extremo sur del planeta, el Mar Patagónico absorbe calor y carbono en cantidades que lo convierten en uno de los reguladores climáticos más importantes del hemisferio sur. Las aguas del Atlántico Sudoccidental absorben más CO₂ que cualquier mar tropical, una función que se debilita a medida que el océano se calienta y se acidifica.
Las consecuencias son ya visibles: las especies marinas desplazan sus áreas de distribución hacia el sur, los frentes oceánicos modifican su dinámica y las comunidades pesqueras artesanales de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil observan cambios en las especies capturadas, las temporadas y los caladeros.
“Un Mar Patagónico sano es un ecosistema con mayor capacidad de adaptación frente al cambio global”, señalan las organizaciones del Foro para la Conservación del Mar Patagónico y Áreas de Influencia, que reúne a 30 organizaciones de los cuatro países desde 2004. Su argumento es que los ecosistemas saludables se adaptan mejor que los degradados, lo que convierte la conservación en la estrategia de resiliencia climática más concreta disponible.
Conectividad regional como respuesta sistémica
El Mar Patagónico conecta ecosistemas costeros y marinos a través de corrientes y rutas migratorias que sostienen la alimentación y reproducción de ballenas, tiburones, aves marinas, tortugas y pingüinos. Muchas especies cruzan miles de kilómetros y múltiples jurisdicciones, lo que hace ineficaces las respuestas aisladas por país.
La meta del Foro es construir una red ecológicamente conectada de Áreas Marinas Protegidas y corredores de conservación en todo el Mar Patagónico. Andrea Michelson, coordinadora regional del Foro, lo resume con precisión:
“El océano funciona como un único sistema vivo. Su protección también debe pensarse de manera integrada. La adaptación climática del sur no depende de una sola área protegida ni de un solo país. Depende de nuestra capacidad de trabajar en red”.
La creación del Parque Nacional Albardão en Brasil el mayor parque marino del extremo sur del país es un ejemplo reciente de lo que puede lograr la ciencia aplicada con apoyo político. “Albardão no es el destino de 20 años de trabajo. Es el punto de partida para lo que sigue”, afirmó Carolina Contato, de NEMA Brasil.
De causa ambiental a decisión climática, social y económica
El deterioro del Mar Patagónico tiene consecuencias socioeconómicas directas: la biodiversidad marina es la base de economías locales, tradiciones culturales y sistemas alimentarios sin sustituto. El programa regional Mar Patagónico Resiliente, impulsado por el Foro, busca avanzar hacia un mar “climáticamente inteligente”, incorporando proyecciones climáticas en la planificación de la conservación.
Argentina gestiona 1.782.500 kilómetros cuadrados de superficie oceánica, de los que aproximadamente el 8% está protegido a través del Sistema Nacional de Áreas Marinas Protegidas. Es una base relevante, pero insuficiente ante la escala del desafío.
“Proteger el océano ya no es solamente una causa ambiental. Es una decisión climática, social y económica. Y en el sur, ya tenemos las herramientas, la ciencia y la red para hacerlo bien”, concluyó Daniela Castro, coordinadora del nodo chileno del Foro.
