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De la movilidad climática al bienestar colectivo

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Hoy moverse por muchas ciudades no es un acto neutro. El clima ha entrado de lleno en la ecuación de la movilidad, poniendo en tensión la planificación y la gestión urbana pensadas para un contexto climático más estable que el actual. Ya no es suficiente mantener un discurso centrado en la reducción de emisiones, la experiencia urbana cotidiana desliza el foco hacia una cuestión más simple: qué sucede cuando una ciudad no logra garantizar, de manera sostenida, el derecho a la movilidad en condiciones de seguridad y bienestar.

Bajo esta mirada, la movilidad también se convierte en un termómetro del cambio climático urbano. Cuanto más alto es el nivel de calor en las ciudades, menores son las posibilidades de protección y autonomía para sus habitantes. Es decir, el cambio climático deja de ser una cuestión ambiental y se traduce en una disfunción urbana cotidiana.

El verano de 2023 marcó un punto de inflexión, al asociarse su calor extremo con más de 47.000 muertes en Europa, según datos recogidos en múltiples fuentes como Science Media Centre España, SINC y AEMET. Y en este contexto, Europa muestra su debilidad frente a otras regiones del mundo como una de las que más rápido se calienta, en gran parte por el impacto recurrente de las islas de calor urbanas. Por tanto, el riesgo climático se convierte en una condición estructural del espacio urbano.  

Evitar esperar un autobús en una parada sin sombra, dejar de caminar a ciertas horas del día, abandonar el uso de la bicicleta o directamente no salir por agotamiento térmico han dejado de ser decisiones excepcionales. El calor se ha convertido en un condicionante de cómo, cuándo y con qué nos movemos, e introduce factores de salud, exposición y confort que hoy pesan más que el tiempo o la eficiencia en traslados. La movilidad empieza a vivirse como una gestión diaria del riesgo térmico, lo que evidencia la falta de estrategias verdaderamente integradas entre movilidad, salud pública y planificación climática. 

Adaptarse al calor urbano

El cambio climático ha dejado de ser una cuestión ambiental para convertirse en un problema operativo que compromete la propia funcionalidad urbana. Frente al calor creciente: ¿cómo seguir moviéndonos sin que el clima juegue en contra? Esta necesidad de adaptación algunos expertos la definen como movilidad climática: un enfoque que pone el acento no solo en reducir el impacto ambiental, sino en mantener sistemas de transporte funcionales bajo condiciones climáticas extremas.

El informe Adaptation of urban mobility and the built environment to climate change, impulsado por MobiliseYourCity, subraya que esta adaptación requiere actuar de forma coordinada sobre infraestructuras, diseño urbano y vulnerabilidades locales, más allá de la tecnología o la energía utilizada. No basta ampliar la electrificación en movilidad ni mejorar la eficiencia tecnológica si la ciudad sigue siendo hostil para el cuerpo humano.

Varias ciudades europeas vienen trabajando desde años atrás en fórmulas de adaptación del problema climático con impacto social significativo. En París, los îlots de fraîcheur o islas de frescor se enfocan en transformar patios escolares en refugios climáticos, tanto para los escolares como para los habitantes del barrio. En la misma línea, Barcelona cuenta con más de 400 refugios climáticos que dan alivio térmico a la ciudad. Si bien existen más ejemplos europeos, la movilidad climática plantea un desafío sistémico profundo y no puntual, como es pasar de adaptar sistemas a readaptar ciudades para las personas que las habitan. 

Diseño desfasado

El problema es estructural. El desfase entre el diseño urbano heredado y la realidad climática actual responde a un clima que ya no existe como variable de referencia, lo que  afecta de manera desigual a quienes no pueden elegir cómo ni cuándo desplazarse, así como a grupos poblacionales más delicados. El calor actúa como frontera invisible que condiciona quién puede moverse con normalidad y quién no, convirtiéndose la movilidad en una cuestión de real equidad urbana.

Organismos europeos como la European Environment Agency (EEA) y diversas entidades advierten de la necesidad de esta adaptación estructural, para que las ciudades sean cada vez menos vulnerables a las olas de calor y, además, ofrezcan menores impactos directos sobre la movilidad cotidiana, el funcionamiento y la calidad de vida de la población.

Más allá de las emisiones: moverse sin riesgo

Reducir emisiones sigue siendo imprescindible, pero no suficiente. Una movilidad baja en carbono que ignore el confort térmico o la seguridad climática puede resultar, sencillamente, impracticable. En este contexto cobran especial sentido las infraestructuras del bienestar climático comentadas, donde sombra, vegetación, acceso al agua, en espacios diseñados para el resguardo, aunado a la incorporación de materiales urbanos convenientes y la gestión de tiempos de espera asumibles, permitirán una movilidad que reduce significativamente el riesgo físico.

Repensar la movilidad exige también revisar los indicadores tradicionales —tiempo, eficiencia, emisiones—, que resultan insuficientes si no incorporan variables como la salud térmica, el confort y la equidad. Una ciudad puede ser baja en carbono y, aun así, hostil para una parte de su población.

En definitiva, la movilidad climática plantea un giro más profundo frente a su lectura habitual: redefinir el derecho a moverse como un derecho climático, ligado a la capacidad real de habitar la ciudad en condiciones de convivencia y no de resistencia. La pregunta ya no es solo si nuestras ciudades están preparadas para el cambio climático, sino entender la movilidad en ellas como acto de bienestar colectivo. Esto supondrá el verdadero indicador de adaptación climática.

 

Autora: Mónica Núñez Luis


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