La transición energética se ha convertido en una promesa a largo plazo, un horizonte lejano marcado por objetivos de descarbonización para 2050. Hoy, en 2026, esa promesa empieza a materializarse en números concretos. El mundo instaló casi 700 gigavatios de nueva capacidad renovable en un solo año, la inversión en energía limpia superó los dos billones de dólares y, por primera vez en un siglo, las energías renovables superaron al carbón en la generación eléctrica global. Sin embargo, detrás de estos récords conviven realidades más complejas: el consumo de combustibles fósiles sigue creciendo, las emisiones de CO₂ alcanzan nuevos máximos históricos y persisten enormes desigualdades en el acceso a la inversión climática entre países ricos y en desarrollo. Este artículo repasa las cifras que definen el estado actual de la transición energética y analiza qué falta por resolver para que el cambio sea completo, justo y duradero.
Los números que marcan 2025-2026
Inversión: la energía limpia gana terreno, pero los fósiles no desaparecen
Según la Agencia Internacional de la Energía, la inversión mundial en energía en 2025 probablemente superó los 3,3 billones de dólares, de los cuales 2,2 billones se destinaron a tecnologías de energía limpia, desde renovables y vehículos eléctricos hasta redes, almacenamiento, eficiencia y combustibles limpios. Para 2026, las proyecciones apuntan a que los flujos de capital globales alcanzarían los 3,4 billones de dólares, un incremento del 5% respecto al año anterior.
Este crecimiento no significa, sin embargo, el fin de los combustibles fósiles: una parte relevante de esa inversión sigue destinada a petróleo, gas natural y carbón, lo que confirma que la transición avanza, pero de forma gradual y desigual.
2025 fue, en términos de instalación de capacidad, el mejor año de la historia para las energías renovables. El mundo añadió casi 700 GW de nueva capacidad renovable, según el informe anual de la Agencia Internacional de las Energías Renovables (Irena). Por tecnologías, la energía solar fotovoltaica lideró ampliamente con 511 GW de nueva potencia añadida, cerca del 75% del total, mientras que la eólica alcanzó también un máximo histórico con 159 GW. Juntas, solar y eólica representaron el 96,8% de todas las adiciones netas de renovables del año.
El impacto de este crecimiento ya se refleja en la generación eléctrica mundial. Por primera vez en 100 años, las energías renovables (33,8% de la generación, equivalente a 10.730 TWh) superaron al carbón (33,0%, 10.476 TWh) en la matriz eléctrica global. Además, la generación a partir de carbón cayó un 0,6% en 2025, la primera caída desde la pandemia de 2020.

Emisiones: el techo aún no ha llegado
A pesar de estos avances, la contaminación no ha comenzado a reducirse. Las emisiones globales de CO₂ continuaron creciendo en 2025, aunque a un ritmo más lento (0,4%), alcanzando un nuevo máximo histórico. Este dato resume bien la naturaleza de la transición actual: el despliegue de tecnologías limpias está conteniendo el crecimiento de las emisiones, pero todavía no es suficiente para revertirlo a escala global.
Un hito relevante de este periodo es que, por primera vez, una tecnología renovable, a energía solar fotovoltaica, fue la mayor contribuyente al aumento de la demanda energética mundial, superando a cualquier fuente fósil en el crecimiento del consumo.
Empleo y economía: la renovable ya es motor de crecimiento
La transición energética también se traduce en empleo y actividad económica. El sector energético dio trabajo a cerca de 34,8 millones de personas en 2023, de las cuales 16,2 millones correspondieron a empleos vinculados directamente a las renovables. Ese mismo año, la energía renovable aportó alrededor de 320.000 millones de dólares a la economía mundial, lo que representó el 10% del crecimiento del PIB global y casi un tercio del crecimiento del PIB de la Unión Europea.
Uno de los desequilibrios más urgentes de la transición energética es la distribución desigual de la inversión. Los mercados emergentes y los países en desarrollo concentran una parte sustancial del potencial renovable mundial, pero reciben menos de uno de cada cinco dólares invertidos en energía renovable, excluyendo a China. Para cerrar esta brecha, estas regiones deberán multiplicar por cinco o más sus inversiones anuales de aquí a 2030, acompañadas de reformas regulatorias, financiación internacional y cooperación tecnológica.
Qué falta por hacer
Los datos disponibles permiten identificar con claridad los principales pendientes de la transición energética:
- Almacenamiento y redes eléctricas. El crecimiento acelerado de la energía solar y eólica está generando cuellos de botella en infraestructura. La falta de mecanismos de almacenamiento y las limitaciones de las redes de transmisión están provocando un aumento de los cortes programados de generación renovable (curtailment) en varios países.
- Minerales críticos. Las tensiones geopolíticas y las limitaciones en el suministro de minerales esenciales para las tecnologías limpias siguen siendo un obstáculo estructural para acelerar la transición.
- Financiamiento equitativo. Mientras la inversión en energía limpia bate récords en las economías desarrolladas, los países en desarrollo continúan rezagados, lo que amenaza con perpetuar desigualdades energéticas y climáticas.
- Sectores difíciles de electrificar. El transporte pesado y otros sectores complicados de electrificar seguirán dependiendo de combustibles líquidos, lo que exige avanzar en alternativas como el hidrógeno verde y los biocombustibles.
- Coordinación de políticas públicas. La agenda energética de 2026 prioriza la acción concreta —construir redes, fábricas y puertos por encima de las declaraciones ambiciosas de años anteriores, lo que exige una ejecución más rápida y coordinada entre gobiernos, empresas e inversores.
Conclusión
Las cifras confirman que la transición energética ya no es una aspiración abstracta, sino un proceso en marcha con resultados medibles: récords de capacidad renovable instalada, un hito histórico en la generación eléctrica mundial y una inversión en energía limpia que roza los 2,2 billones de dólares anuales. Sin embargo, los mismos datos revelan que el camino está lejos de completarse. Las emisiones globales siguen aumentando, los combustibles fósiles no han sido desplazados y la brecha de inversión entre países ricos y en desarrollo amenaza con dejar atrás a las regiones que más necesitan esta transformación. El reto para los próximos años no será demostrar que las energías limpias funcionan eso ya está probado sino construir la infraestructura, el financiamiento y la voluntad política necesarios para que el cambio llegue a todo el planeta, y no solo a quienes ya pueden costearlo.
Autor: Equipo Kinedrik
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