Un informe elaborado por New Weather Institute con Scientists for Global Responsibility, Environmental Defense Fund y The Sport for Climate Action Network estima que la Copa del Mundo de 2026 generará al menos nueve millones de toneladas de CO₂ equivalente, frente a las 4,7 millones de media de los torneos entre 2010 y 2022. En el escenario más amplio, la cifra podría alcanzar los 15 millones. El transporte aéreo explica la mayor parte del salto.
48 equipos, 104 partidos y 16 ciudades en tres países
El cambio de formato es el primer factor estructural. Por primera vez, el Mundial contará con 48 selecciones y 104 partidos, un incremento del 63% respecto a ediciones anteriores. Más equipos implican más desplazamientos, más aficionados viajando y una mayor presión logística sobre toda la cadena del evento.
El segundo factor es la dispersión geográfica. Las 16 ciudades sede se reparten por tres países —Estados Unidos, Canadá y México— separados por miles de kilómetros sin alternativa viable al avión. A diferencia de Europa o Asia, Norteamérica carece de redes de tren de alta velocidad que permitan reducir la huella del transporte entre sedes. El resultado es una dependencia casi exclusiva del transporte aéreo para equipos, periodistas y millones de aficionados.
El informe, denominado FIFA’s Climate Blind Spot, estima que el transporte aéreo generará más de 7,7 millones de toneladas de CO₂, la gran mayoría de las emisiones totales del torneo. Las emisiones vinculadas a vuelos podrían aumentar entre un 160% y un 325% respecto a torneos anteriores.
El problema es estructural, no operativo
El informe no cuestiona la gestión ambiental del evento en términos operativos —el torneo no requerirá construcción masiva de nuevos estadios, lo que reduce parcialmente su impacto—. El diagnóstico apunta más arriba: el modelo de competición se hace cada vez más grande, más global y más dependiente de viajes de larga distancia, y esa tendencia es difícilmente compatible con los objetivos climáticos que la propia FIFA declara asumir.
Los autores describen un “punto ciego” climático en la estrategia del organismo: una brecha entre los compromisos de sostenibilidad declarados y las decisiones reales, como la ampliación del formato o la elección de sedes dispersas en un continente sin infraestructura ferroviaria de alta velocidad.
La respuesta de la FIFA y sus límites
La FIFA defiende que el Mundial 2026 contará con una estrategia de sostenibilidad centrada en estándares de construcción sostenible en estadios e infraestructuras temporales, fomento del transporte público y reducción de residuos, consumo energético y emisiones asociadas al torneo. El organismo sostiene que las ciudades sede implementarán medidas climáticas con impacto a largo plazo más allá de la competición.
El informe reconoce esas medidas pero advierte que difícilmente compensarán el impacto estructural derivado del formato y la logística. Es una tensión que afecta a todo el ecosistema del evento: patrocinadores con compromisos ESG públicos, ciudades sede con objetivos de descarbonización y broadcasters con políticas de huella de carbono tendrán que posicionarse ante un torneo cuya huella climática puede duplicar la de sus predecesores.
El caso del Mundial 2026 ilustra una pregunta que el deporte de alto rendimiento no ha resuelto: cómo escalar en audiencia y negocio sin escalar en proporciones similares el impacto climático. La respuesta de la FIFA, por ahora, apunta más a compensación que a reducción estructural.
